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viernes, 2 de febrero de 2024

ME LLEVÉ TU MAR

 

Foto: Joaquín García Estudillo



Entonces, me llevé tu mar; 
poco más podía llevarme.  
Me quedé para mí su salitre

y ese olor a tarde de invierno.
  
 
En mis ojos escondí sus olas.

En mi silencio, sus noches de alerta.

En mi recuerdo, sus días de orilla.
  

Olvidé el resto de mis cuitas,

aquello que ha quedado pendiente.
Para qué removerte mi historia;
solo es la de un hijo perdido. 


Por esa razón, entre otras, 
me llevé tu mar conmigo. 
 
 
Carlos Bernal. 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 29 de septiembre de 2020

Promesas de octubre





En estos días que no son de ningún mes
y que por costumbre, más que nada,
adjudicamos a un calendario.
Irremediablemente repetidos
como el canto del jilguero
y sus paseos de jaula.
Con un tiempo leído en zapatillas
y una taza de té en la mano.
Cuando la peor pesadilla
no transita madrugadas.

En estos días, digo,
sacados de quicio,
quiero pensar con el corazón
y sentir con la cabeza.
Doler a kilómetros de distancia.
Ser leal como las piedras al camino.
Saber que el destino
nunca estuvo escrito.
Cambiar las noticias
por un soplo de aire fresco.
Hacer lo que esté en mi mano
por mejorar un poco la vida.
Cicatrizar las heridas
de aquello que hizo daño.
Soldar, con amor de estaño,
cada grieta sobrevenida.
No acertar a la primera
con la palabra elegida,
pero esperar siempre palabras,
pero escuchar siempre palabras,
pero aceptar siempre palabras.

Desaparecer como el Guadiana
y sorprenderte en una esquina.
Creer en los jóvenes
y crecer en los jóvenes.
Buscar la utopía por encima
de mis posibilidades.

Dedicar las mañanas al viento
y las tardes a los sueños.
Brindar con la noche, al aire,
porque triunfe en su empeño
de ponerle magia a la vida.
Con preguntas, con argumentos,
con los sentidos recuerdos
que todos llevamos dentro.
Con letra y música de canciones
que nunca se han compuesto.
Con cavilaciones que no te cuento.
Sin más afán que poner piedra
sobre piedra construyendo sensatez;
que coser los rotos que aparecen;
que zurcirle el calcetín a la vida;
que tender puentes -si supiera-
sobre aguas turbulentas
entre orillas divergentes;
que torear las embestidas
de tanto loco cornigacho
como brota entre las ruinas.

Odiar solo las deslealtades
donde quiera que se encuentren.
Continuar escapando a las nubes
cada vez que me espante la Tierra.
Y soñar por las ventanas
cuando las puertas me cierran.

Es octubre
Nubes saladas trasladan las calles
a la primera línea del viento
Un cielo de arañazos
 nos va tiñendo la tarde.

Yo sigo en la playa, mirando,
cómo van llegando las olas,
una tras otra, tras otra…
Y cómo vuelan las alas
de cada promesa rota.

Carlos Bernal
29 Sep 2020







martes, 18 de agosto de 2020

El paseante

 

I

EL PERSONAJE

Ponía los ojos un tanto entornados. Difícilmente dejaban adivinar qué lejano punto centraba su interés. Solían mirar extasiados abrir y cerrarse el día. No había mayor placer.

Dos labios silenciosos le cerraban la boca. Una boca que se abría gustosa dejándose deleitar por todo tipo de sabores y con más frecuencia de la que debería. El resto, dientes descolocados, barba de varios días y alguna que otra risa explosiva, conformaban un rostro de presencia seria pero de fácil acceso.

Era poco hablador. Conversador en otro tiempo, se había llenado de silencios. Tal vez cansado de intentar hacerse entender, ahora prefería escuchar. Aunque la mayor parte de las veces ya no escuchaba; se encerraba en sus pensamientos, esos que no le defraudaban, solo le distraían.

No caminaba pensativo, más bien pensaba caminando. Los ruidos y conversaciones lejanas a través del paseo animaban su cuaderno de bitácora. A ratos se sentaba a pensar la vida, las prisas de los otros, los rotos sin sentido, los explotados, los esclavos, las insaciables fauces financieras, la impunidad del poderoso, la indiferencia del sumiso, la incultura institucionalizada…

Uno de sus grandes errores fue interiorizarse, perder su condición de hombre costero, litoral. Pero al final regresó al origen, donde las tardes son verdes botellas que el mar devuelve entre brumas y ruidos rompientes, y las mañanas amarillas figuras de oro blanco que el viento arrastra y las olas se llevan.

Dormitaba entre horas, otro inmenso placer. Evaporarse en la somnolencia que viene y que va entre momentos de lucidez y otros de consciente irrealidad, era otra forma de celebrar sus días…





II
 


TIEMPO



El tiempo es eso que se te va sin que te des cuenta.
Hay frases muy bonitas con el tiempo, ése que nos ha visto pasar. Entre las que más gustan al paseante está la de “Llevo demasiado tiempo sin verte…”. Otra es la de “El tiempo todo lo cura”. Decía una vieja canción: “El tiempo que va pasando, como la vida no vuelve más…”

No mide mucho el tiempo el paseante. Abandonó su reloj de pulsera el día que se jubiló. Después dejó que transcurriera dulcemente, y solo la sensación de estómago vacío o la luz que se extingue en el mar marcan algo su prisa, acelerándole el paso. 

 

Piensa a veces en la medida del tiempo, lo que tarda en transcurrir; en lo rápido que pasa la vida, en lo lento de las horas de espera, en lo relativo de su duración.
 

Y entonces, mientras va andando, algo le lleva hacia atrás, muy atrás en el tiempo…
 

De pronto se ve sentado en aquellas soporíferas horas eternas de las tardes de instituto. Un tiempo espeso, como de chicle, se extiende por el aula. El paseante se reconoce en aquel niño mirando una pizarra llena de números y signos extraños que un aburrido profesor llamaba ecuaciones. Y se ve volando con su imaginación más allá del sol que se colaba por los enormes ventanales. Hasta que vuelve a oír aquella campanilla que en una carrera escaleras abajo, tras un largo pasillo, le devolvía a la vida.

Pero volvamos al hoy del paseante. Sus paseos también tienen sus tiempos bastante medidos. De su casa al puerto, -lugar de relax donde los barcos se mecen al ritmo de la música de su móvil-, unos veinte minutos. Parada obligatoria. Repaso matinal de salida de algunos pesqueros tardíos que regresarán por la tarde. Voces lejanas de apremio para la subasta en la lonja, y golpeteo de cajas ya vacías. Graznidos de pavanas peleando los restos de pescado por tierra, mar y aire. Alguna foto si la ocasión lo merece. Y a seguir.





A partir de ese momento, media hora más o menos le llevarán por un recorrido urbano que se asoma al mar. Otro gran placer, vivir una ciudad que tiene la cabeza aireándose en el monte y los pies chapoteando en agua salada.





Después regresa a casa. En total una hora y media casi todos los días, a través de un paseo marítimo y una vía verde que le acompañan dándole, si no conversación, sí mucho que pensar. Ese mar cambiante, distinto cada hora que pasa, es suficiente estímulo e inspiración para seguir viendo, viviendo, reviviendo.

Así es un poco su tiempo, ése que ni le ha dado la razón, ni ha puesto las cosas en su sitio. Pero todavía queda tiempo...




III
 

ESPACIO
 
 
 

Hay un tiempo para todo y cada cosa tiene su tiempo. O eso al menos piensa el paseante mientras observa a jóvenes por el paseo, llenos de vida y sin lugar para esos miedos que él suele aplastar en el fondo de su mochila.


Igualmente cree que hay unos espacios para cada cosa. Él se crió en espacios abiertos. En la Bahía Azul, la calle era su reino y la cercana playa un patio de recreo lleno de juguetes didácticos. Arena, piedras, conchas, cañas, cristalitos de mil colores que el mar arrojaba y un fuerte viento de levante fueron más que suficiente para aprender a vivir, jugando. Por eso lamenta tanto ver a los pequeños hoy, creciendo en pisos donde la luz es un reflejo de sol rebotado en un cristal del edificio de enfrente, y su espacio abierto  -si lo hay- es un raquítico balcón con macetas donde lucha por sobrevivir la yerbabuena.

Sus mayores le decían aquello de “cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa”. Eso le llevó a ser más o menos ordenado. Por suerte, la vida le sonrió y ha podido tener espacio para todo y también su espacio. Pero eso no le hace olvidarse de aquéllos que no han podido tenerlo.

Luego vino el sentir su espacio invadido, la gente que se le echaba encima en cualquier cola que tuviera que hacer. Sentir el aliento del de atrás en su cuello era algo que le sacaba de quicio. Giro de cabeza, mirada inquisitiva… y normalmente no había reacción. No todo el mundo suele entender que hay un espacio personal, vital, libre de agentes invasivos. Bueno, al menos ahora hay marcas en el suelo indicando dónde se tiene que colocar el que nunca respetó ese espacio.

Observa el paseante a gente que no cuida la calle, ese espacio de todos. Recuerda que cuando era niño, en los autobuses había unos cartelitos que él se entretenía en leer. Uno decía: “Prohibido escupir en el suelo”. Luego dejó de ser necesario recordar algo tan obvio. Ahora sonríe tras su mascarilla, pensando que sería oportuno volver a decirle a la gente que no hay que hacer tamaña cochinada. “Cuidar lo que es de todos como si fuera de uno mismo", en contraposición a “lo que es de todos no es de nadie”, como parece ser el sentimiento reinante.

En este terreno de cuidar lo de todos, el paseante se cruza con un joven bien vestido, con aspecto de oficinista, que porta una caja grande en dirección a contenedores de basura cercanos. Botellas de plástico, papeles, cartones y restos de comida rápida completan un muestrario que vuelca directamente en el de basura orgánica. El paseante no puede morderse la lengua y le recomienda que tire cada cosa en su sitio. La respuesta del modélico ciudadano no se hace esperar: “Caballero, métase usted en sus cosas”. Como si la ciudad no fuera cosa mía. Como si no fuera cosa suya. Como si no fuera cosa de todos. Como si fuera cosa de nadie. Al paseante le chocó una respuesta así, tratándose de un “joven, blanco, europeo, español, con corbata y  evidente educación (¡me llamó caballero!)”.

En otras ciudades europeas, una actitud así hubiera acarreado una buena sanción, o cuando menos la reprimenda del guardia (esos que aquí ves pasar aullando sirenas desde sus gafas oscuras, pero no caminando entre los ciudadanos). En Bruselas, por ejemplo, las bolsas con basura no separada, no te la recogen, les colocan unas pegatinas de aviso, la primera vez; a la siguiente, multa para el edificio. Ya se preocupa la comunidad de que los vecinos separen las basuras. 

Lástima que aquí no se vigile lo más importante que hay que vigilar, lo de todos. Tristeza. Desilusión después de tantos años haciendo campañas de concienciación con niños -como el joven oficinista lo fue- en el colegio.

No es un caso aislado. El viejo maestro piensa que algo no se hizo del todo bien, que algo ha fallado y está fallando cuando hay una parte de la juventud ensuciando madrugadas con restos de botellón. Y lo peor, pensando que recogerlos no es cosa suya; ya vendrá alguien detrás limpiando, que para eso le pagan.

Algo hemos hecho mal.




IV

 

CAMINOS

Aunque llevamos mucho tiempo andando juntos, él sabe que pensamos distinto. Yo también lo sé. Hay en el paseante un yo risueño, y otro muy serio, de hondura casi barojiana. Uno optimista de dar saltos internos, y otro que no se levantaría de la cama. Uno que se rebela contra todo, y otro que no rechista. Uno que se plantea la vida como una aventura diaria, y otro de un pesimismo noventayochista.

A veces, mientras caminamos, dejo que se adelante unos pasos para verlo con distancia. Como si fuera otro. Como si no lo conociera. Si veo que resopla y mueve la cabeza de lado a lado, algo va mal. Ah, ya sé. Es el ciclista que marcha por la acera como si llegara a una meta del Tour de Francia. O ese perro que campea solo, adornando el paseo con los frutos de su vientre que nadie recoge.

Entonces lo alcanzo y del brazo me lo llevo a la orilla. Allí respiramos Mediterráneo. Observamos las olas que siguen llegando sin cansarse, sin pretender darle siempre un sentido a lo que hacen. Terapia. Respirar y dejar que el mundo corra. Un compañero me dijo un día que cuando le daban ganas de corregir a gente por la calle, pensaba “quieto, Vicente, tú aquí no eres maestro”. Gran sabio mi amigo.

Hablamos. Retomamos el camino intentando reconciliarnos. Vemos la necesidad urgente de congraciarnos con la especie humana. No nos queda otra. Aprender a conjugar algunos verbos difíciles. Transigir. Aceptar. Tolerar. Y hasta torear. Ser feliz.

Por su forma de ser, el paseante ha tenido tropiezos. No se puede ir de don perfecto por la vida. Ni a sangre y fuego. El mundo es imperfecto, como el Pretérito y como el Futuro. Arreglar lo que está en tu mano, pero no llevar a los demás de la mano. Cada cual por su camino. A su ritmo.

En ese querer hacerlo todo bien, se perdió caminos que no eligió por si no tenían salida. Se perdió a personas porque tal vez no le convenían. Se perdió destinos porque estaban muy lejos o no los veía claros. O porque era demasiado joven y demasiado inexperto. Eligió otros caminos más cortos. Más seguros. Sin incertidumbres. La vida son opciones. Tenemos derecho a elegir. Y a equivocarnos. 


El paseante no cree que se equivocara de camino. Ha tenido una vida plena de momentos felices. Hasta tuvo sus minutos de gloria. Un privilegiado. No puede pedir más, sería un insensato. En eso, al menos, parece que estamos de acuerdo.




V.

VIVENCIAS Y NOSTALGIA






 

Por terminar con la idea de ayer -los caminos que nos pusieron por delante, y la opción elegida- creo que asomó el concepto de nostalgia de lo no vivido. Y no se me ocurre nada mejor que una canción para intentar explicarme. Es aquélla de Joaquín Sabina cuya letra asegura: “No hay nostalgia peor/ que añorar lo que nunca jamás sucedió”. No se puede decir mejor con menos palabras. Claro, es Sabina.


A estas alturas del relato, a nadie le es ajeno que me esfuerzo en poner palabras a las imágenes fijadas en los ojos entornados del paseante. Que intento aclarar sus sentimientos, a veces nublados y broncos. Que deseo presentarlo como un ser medio normal, aunque alucine casi siempre. Que quiero que viva el presente, el día a día. Que me gustaría que abandonara ese tono nostálgico que se trasluce cada vez que habla o que escribe. Que leo sus versos y siempre hay un “qué bonito lo de antes y qué mal lo de ahora”. Parece que fuera muy fan de Jorge Manrique y su “cualquier tiempo pasado fue mejor”.


Pero tiene que ver con sus vivencias. Quienes le conocen me cuentan que tuvo una infancia y adolescencia muy felices, y creo que ahí se quedó amarrado. Como una goma que se estira y se encoge, vuelve allí constantemente. Haciendo copias de seguridad de sí mismo. Guardándose siempre en el disco duro de su alma.


Creo que lo más destacado de su carácter es la falta de dedicación plena a algo concreto, decidido, ultimado. Sus vivencias son un cúmulo de cosas sueltas que ha ido haciendo por aquí y por allá. Racimo de intenciones. Manojo de deseos… Que si estudios a medio acabar de música… Que si algunas canciones y otras sin terminar… Que si empezó a escribir algún libro de texto… Proyectos que no pasaron de serlo. Lástima. Alguno debería haber cuajado.
 

Y es que ir dejando cosas a medio hacer genera frustraciones. Sensación de historia incompleta. De atardecer que no acaba, que no termina haciéndose noche. Siempre está ahí, -no sé si lo habéis notado- con ese sol a medio ponerse, esas luces melancólicas, esas palabras violetas, esos cantos de sirena…


¿Que si es un romántico? No lo creo. Al menos a mí no me lo parece. O lo tiene muy escondido, por pudor. Nunca habla de su vida sentimental, de las novias que tuvo, de sus experiencias amorosas… Ni siquiera sé qué piensa del amor, así, en general. Aunque sé -porque sus ojos lo dicen- que ama y que es amado. Aunque no haga apología, ni del amor haga su tema. Aunque apenas escribiera alguna canción de amor. Tal vez por miedo a ser un ñoño y escribir cursilerías. Es tan delgada esa línea que las separa…


Solo una vez me habló de una chica -en su adolescencia- y de paseos por el puerto de Ceuta. De un noray donde se sentaba a esperarla y de largas charlas hasta que anochecía. Cuando intenté sonsacarle algo más, cambió de conversación.


A veces me pasa sus escritos o sus poemas para que les eche un vistazo. Además de ayudarle en lo que puedo con la ortografía y la sintaxis, es el momento que aprovecho para aconsejarle que se deje ir. Que suelte la mano. Que abandone el lenguaje encorsetado. Que la Generación del 98 hace mucho que pasó.


En fin, es hora de que vaya a recogerlo. Hemos quedado en el paseo. Hoy creo que me va a traer algún poema para que lo ojee. Si me gusta, lo mismo lo publico por aquí. No se enteraría, él no pierde el tiempo en internet. Eso dice. Ya os contaré. Que tengáis un buen día.




VI

LA CHICA DEL NORAY.




Parece que el paseante “sí que pierde el tiempo en internet”. O eso creo, porque el poema que os dije que me traería ha sido precisamente uno que habla de aquella chica de su adolescencia y un noray del puerto de Ceuta. Mucha casualidad, ¿no?

Lo puso en mi mano con la sonrisa socarrona del que se sabe en posición de ventaja. En sus ojos había un “te pillé, jaque mate”. Así que me enroqué en un abrumado silencio.

Supuse que tendríamos que hablar. Pero no era el momento. Había un poema que leer en el café. Éste.



EL NORAY

La esperaba cada tarde
que llegara sonriendo
al noray donde amarraban
su despertar a la vida,
sus pequeñas ilusiones,
las verdades de sus ojos,
su estrenada valentía,
su ignorancia quinceañera.

Corazones desbocados
al galope adolescente;
bajo un cielo enrojecido
entre besos de poniente.

Se tomaban de las manos temblorosas.
Compartían como asiento aquel noray
que en el puerto les guardaba los secretos
de las tardes que aprendieron a querer.

Mientras las tardes ardían
se miraban, y en susurros
se decían tantas cosas
que el noray ya conocía:

Los misterios de su amor
Tanto sueño adolescente
Los “te querré eternamente”
y su futuro dolor.

Mientras las tardes ardían
y se seguían besando,
zarpaban algunos barcos. 

Otros iban atracando.

Mientras su amor fue creciendo,
el noray ya conocía
que algún día, algún barco,
se llevaría, amaneciendo,
otra historia adolescente,
otro sueño marchitado.

……………..


Después de leerlo en voz alta y decirle que me había gustado pero que creía que debería seguirlo, darle más contenido y otro final, el paseante me ha soltado de sopetón que está muy bien como está y que además va a hacer una canción con este poema. Le he dicho que no le creo y que no es la primera vez que me dice algo así. Ahí ha quedado el reto. Veremos.



Después hemos hablado… No le ha gustado nada al paseante que lo pasee por aquí, que cuente sus cosas en Internet -como dice él-. Bueno, en realidad tiene razón. No le pedí permiso para desnudarle así. Le he pedido perdón.


No me siento bien con lo ocurrido. En cierta forma, le he traicionado. Lo mejor será dejar que siga paseando solo, al menos por un tiempo. Tal vez os lo encontréis en cualquier paseo marítimo…


FIN.










viernes, 10 de julio de 2020

Quise llevarme algunos versos

Foto aérea de Ceuta. (Ignoro la autoría)


Quise llevarme algunos versos
-esos que sé que atesoro-
lejos del tonto que odia,
cerca del son del que ama,
donde sobren las palabras,
donde basten las miradas.

Quise llevarme algunos versos
a mi Sur, donde la calma,
donde hay estrofas de agua
y poemas de viento
y lunas riendo entre ramas.

Quise llevarme algunos versos
a la playa que siempre os digo,
y teñirlos de azul Bahía.

Pero el tiempo se fue con el tiempo
y de aquel puñado de versos
ya solo soy el testigo
y un poco también su recuerdo.


Carlos Bernal
Cualquier día, un poco nublado.

sábado, 4 de julio de 2020

No le pidas al mar...


No le pidas al mar
que piense en las horas;
el mar solo va,
el mar solo viene.

Como mucho tiene, un lápiz de agua
que dibuja las rayas con las que juega.
Y sombreros alados para que el sol no le queme.
Y luces de plata para acunarle las noches.

Pero más allá de los barcos
que arañan sus olas,
y de los peces que bajan,
y de las redes que suben…

No le pidas al mar
que piense en las horas.

Carlos Bernal
4 jul 2020
 

jueves, 4 de junio de 2020

MANOJO DE DESEOS (III)



Me gustaría…

La elegancia de un río cuando muere
La solvencia de un bosque milenario
El imán de un personaje perdedor
La destreza de un tirador de esgrima
La ventana donde reposa el mar
Las risas de todos los niños
El amor que supo ser amante
La pared donde rompen las olas
El silencio de todos los teléfonos.

La paciencia que respira el buen maestro
La luz en mitad del túnel, y no al final
El cristal que picotea una tarde de invierno
El encuentro de dos rectas paralelas
El timbre marcando el final de la clase
La caída del imperio de las redes puñales
La Justicia que esperamos, haciendo justicia
La noche cuando te arrastra al merecido descanso

El lenguaje de los ojos que hablan ternura
El azul bahía de la Bahía Sur
El tiempo extendiendo su bálsamo de tiempo
El chasquido en la orilla de una playa desierta.

Hacer una cometa de caña y papel
Solventar mis días de bruma
Ser la tinta que tapa los errores
Entender la mudez de las haches mudas
Pintar los colores a los peces de colores
Desescombrar a tiempo la Historia,
antes de que la tapen con otra
Que no se me quiten las ganas
de mejorar este hoy en mañana
No cederle jamás al desconsuelo
ni una sola de mis noches de insomnio
Que no me cale este diluvio de odio
Que no me ganen su rabia y la mía
Que sea capaz de sintonizar
la emisora de la esperanza.

Y “volver a los diecisiete
después de vivir un siglo”
,
que cantaba Violeta Parra.



Carlos Bernal
4 Junio 2020.


sábado, 2 de mayo de 2020

Este tiempo


Cuando salgamos de este tiempo
encerrado entre paréntesis…

 

Despertaremos de un mal sueño.

Recuperará el traqueteo en sus raíles

el amor estacionado en vía muerta.

Como barco en varadero,
sentirá la piel de nuestro acero
la botella estrellada hacia el mar.

Las aulas en sepulcral silencio 

contagiarán las risas infantiles.

Esta oscura calle sin salida
será otra vez avenida abierta.

Volverán, con los parques,
las voces, los ruidos;
la petanca a sus jubilados,
los bastones a su sol.

Cuando salgamos de este tiempo
encerrado entre paréntesis…

Y pensemos como especie,
y sintamos como humanos,
y rememos en la nave

que todos navegamos…

Cuando salgamos de este tiempo
encerrado entre paréntesis…

 

Ojalá de un tú y un yo construyamos 
un poderoso nosotros.






Carlos Bernal
Abril-mayo 2020.

domingo, 19 de abril de 2020

Contar el mar...


A alguien que no sepa del mar,
¿cómo se lo contaría?
¿Cómo le hablaría de chispas
saltando bajo la luna?

Del destello verde en la tarde.
De su luz de la mañana
antes de que haya luz.
De las estelas que regalan
los barcos cuando cruzan.
De los mares que asoman
detrás de cada estela.

De la frontera amorosa
que mantiene con el cielo.
¿Cómo contarle -si no ha visto-
su fábrica de colores,
según la hora del día?

Le hablaría de su olor a inmensidad,
de la bravura de su canto.
Del espanto de temporales
que azotan barcos sin piedad.
De su terrible soledad.
Del empuje de las olas
que va dejándose en la playa;
de su desfile ordenado,
una tras otra,
una tras otra
y otra más…
De las pavanas que aplauden
su estruendoso desembarco.
O de otras veces que alfombra
la tarde con sus verdes, 

ensimismando silencios.
De las historias que cuenta
mientras pasea a tu lado:
De manos entrelazadas
que amaron anocheceres;
de barcos que zarparon
con solo billete de ida;
de amigos que se fueron
cuando era pronto todavía;
de sus risas por el aire,
de sus cantos con guitarras
que sonaban a inocencia
de arena adolescente.
De amores marineros.
De piratas con tesoros.
De las vidas que quedaron
en las simas de sus fondos.
De los sueños que ha enterrado
en su oscuro cementerio.
Del perfil casi redondo
de su mágico horizonte.
De sus perpetuos adverbios,
su cuándo, su cómo, su dónde.

A quien no haya visto el mar,
¿cómo se lo diría?
Le pondría, como ejemplo,
que es siempre al mismo tiempo
trueno y voz que serena;
brillo de relámpago
y negra oscuridad;
enamoradísimo amante
y enemigo despiadado;
ameno conversador y
silencioso compañero;
experto navegante
y principiante grumete.

Lugar del que no te has ido
y siempre quieres volver.

Claro que,
quien no ha conocido el mar…
 

Carlos Bernal
19 abril 2020.






martes, 4 de febrero de 2020

Perdidos


Asoma en el horizonte como una cinta blanca, delgada, luminosa. Se extiende y viaja rápido como la sábana de un fantasma, como la luz de la escalera. En seguida sobrepasa la playa. Se adapta a los edificios esmaltando sus fachadas. El paseo está perdido, como un niño en otro barrio, como el sol de medianoche. Los coches, como barcos, se orientan con sus bocinas. Se ha encendido el faro del paseo, hoy entiendo su sentido. Hay sirenas de ambulancias situando a viandantes. Por las aceras navegan las linternas de los móviles. El vendedor de cupones masculla: Hoy la niebla nos iguala, a ver si os hacéis idea.

Carlos Bernal
4 Feb 2020 

sábado, 25 de enero de 2020

El mar de la infancia



Hay un tiempo tan lejano

que ni siquiera tiene nombre;

solo una cruz en el mapa

de la geografía del olvido.

Un tesoro azul perdido

en la memoria de un niño

que navega a la deriva.

Guarda momentos tan felices

que no tienen un después.

Son acordes afinados

de una guitarra que vibra

con sonrisa infantil.

Disfruta sus días de gloria.

Piensa mañana al día siguiente.

Desayuna con los versos

que le sobraron de anoche.

Iza la luz con el Sol

y la duerme con la Luna.

La noche es su religión;

la vida, su fortuna.

Tiene mañanas tan largas

como las tardes que destila

bajo un sol esmeralda.

Como las horas perdidas,

como las olas ganadas,

como la luz a su espalda.

En aquel mar de la infancia

tengo guardado ese tiempo.

Está amarrado a la nostalgia 

de un viejo noray del puerto.

 

Carlos Bernal
Enero 2020.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Puente entre dos tiempos

Puerto pesquero, Marbella





























La argolla se mueve
con chirrido de muelle
y zarandeo de barco
a uno y otro lado.

No queda nadie.
Solo, con el brillo
de alguna cubierta
recién baldeada,
me vienen oleadas

de aquel viejo puerto.

De porcelana los barcos
en esta mañana
de sol chirriante.

De azulejos el muelle
que pinta la estampa
para el paseante.
 

Coloreadas traíñas,
-rutina de pesca
en sus tripulantes,
faena en las redes-
 

marcan las horas
del puerto.

Hermosas las vistas,
runrún de motores

marcan el rumbo
de algunas gaviotas
que alejan sus alas
del puente.

Otras pavanas
hicieron lo mismo
en aquel otro Puente,
en aquel otro tiempo.


Carlos Bernal,
Nov 2019



Ceuta. Antiguo puerto pesquero











sábado, 9 de noviembre de 2019

Noche en la Bahía Sur


Bahía Sur de Ceuta. Foto de Andrés del Río.



















Luna que alfombra
las sombras durmientes
del mar de la noche.

Espuma silente
bordando de plata
la mágica estela.

Brillos vibrantes
llenando de luz
mi infante Bahía.

Parpadean luces
acompasando voces
en el viejo barrio.

Caracolas cantantes
me traen al oído
dormidos recuerdos.

Ventanas llamando
a niños que apuran
su último juego

Olor a cocina
sube una escalera
con peldaños perdidos.

Carlos Bernal, Nov 2019.




miércoles, 30 de octubre de 2019

Ojalá noviembre















Ojalá con las lluvias de noviembre
desagüe río abajo todo el mal,
y el mar lo disuelva entre sus aguas
o lo rompa en mil pedazos en las rocas;
o la nieve lo congele allá en las cumbres,
o los vientos se lo lleven donde muera.

Y ojalá que me traiga, este noviembre,
(con la alegre madurez de lo vivido
y el saber que debían dar los años,
-lejos ya de aquel verso adolescente
que en enero hablaba del que he sido-):

    Ilusión para vivir el presente,
    distancia para pensar el pasado,
    y proyectos para soñar el futuro.

Pues la muerte, también en noviembre,
os aseguro que anda muy pendiente
de quien no mantiene ilusiones.
 

Carlos Bernal
Noviembre de 2011.

viernes, 25 de octubre de 2019

El destino

Cuando yo era niño,
el destino era una raya
en el mar de la infancia;
un horizonte cosido al cielo
con pespuntes de barcos,

arriba y abajo,  dejando
sus hilvanes al compás
de la marea.
O una pintura todavía en boceto,
en la que el mar ponía el marco
y la Luna sus óleos de plata.

O podía ser una tierra de cultivo
esperando plácidamente en barbecho.
 

Pero todo tenía su ritmo,
su tiempo de horno, su espera…

Ahora el destino tiene
cada vez más cerca sus fronteras.


Puede estar en una casa de apuestas
con base en Singapur y ser tu ruina.
Puede estar en la próxima curva,

en el autobús, detrás de la esquina.
Puede esperarte en una jeringuilla
llena de luz, donde la luz termina.

O puede ser que lo tengas tú
metido en tu cabeza.
Y ojalá comprendas
que tal vez sea un puzzle 

al que le falten aún varias piezas.

¿A qué correr detrás del destino?
¿Por qué tener lo que apenas empieza?


Carlos Bernal
25 octubre 2019

Salvador Dalí. La persistencia de la memoria (1931).

miércoles, 16 de octubre de 2019

Los barcos amarran la paz



Vivir en la paz de un barco atracado;
su silente apariencia,
su cadencia de proa,
su espaciado murmullo.

Bailando al vaivén caprichoso del viento,
al compás que le marcan las olas,
al desdén que le deja la tarde.

Tirantando los cabos de amarre
con ese olor a cuerda flotante,
a limo que espera,
a peces dormidos.

Con los ruidos que bajan la tarde,
que cambian de marea,
que escriben poemas...
me alejo una vez más de poniente.
 

Mientras llegan traíñas al puerto
que como una madre los llama,
se despide otra tarde de pesca,
otra tarde hasta mañana.


Carlos Bernal.

domingo, 13 de octubre de 2019

Baile en el puerto


Gaviota y velero,
pavana y barca,
se entrelazan en un baile
que da compás a la tarde.

Vira una, salta la otra,
gira aquella una vez más;
y ésta le presta, en un quiebro,
las alas para bailar.

Mientras la foto procuro

y el pulso apenas mantengo,
les sigue durando un atraque
que vuelve salón de baile
este puerto deportivo.

Y el velero y la pavana
son Fred Astaire y Ginger Rogers;
el puerto se viste de gala
para esta sesión de baile; 
el Sol les dora la pista
a estos bailarines
que no han pretendido bailar.


Y yo, espectador inesperado,
le pongo música a la danza
que para mis adentros canto.


Completo así este cuadro,
extraño para contar
pero bello para bailarlo.


Carlos Bernal.

Marbella, octubre 2019.

sábado, 12 de octubre de 2019

Dormida o La Mujer Muerta


Dormida (Poema de Jose Carlos Navas)

Unos le llaman dormida
otros le dicen la muerta,
postrada en cama de siglos,
de amor dormida ya,
quizá esté muerta.

Llorando quedó una mañana,
solitaria allá en la playa,
mientras las olas bravas,
morían tristes, en la arena.

Y de amor llora su pena,
y de amor es su pecado;
de amor es su condena,
postrada en cama de siglos,
sus pies envueltos de arena,
bañados por ese mar
que víola llorar de pena.

El viento que rompe la piedra,
llegándole este dolor
hasta aflorarle las venas,
camino del corazón,
camino de su alma en pena.

Y no se sabe si es muerte
o tal vez esté dormida,
si sueña con querubines,
si por amor murió,
si por amor vivió.

La escarcha cada mañana
enjuaga su parda cara
y sus senos heniestos
los refresca la alborada.

Sus pies los baña en el mar,
ese mar tan bravo y frío,
ese mar que la hace suya,
causa de su desvarío.

Y de amor llora su pena,
y de amor es su pecado;
de amor es su condena,
postrada en cama de siglos,
sus pies envueltos de arena,
bañados por ese mar
que víola llorar de pena.




La palabra


La palabra se asoma al balcón de la boca
y se lanza al ataque y se rompe en un grito,
o se queda enjaulada entre rejas de dientes
y entre dientes se pierde y se vuelve suspiro.

Unas veces se siente gallo de pelea
y convierte mi boca en una tormenta,

y estalla, y en mil palabras explota. 
Otras veces se aplasta como triste sombra,
y en el alma se tira a dormir una siesta,
y en mi boca coloca el cartel de
CERRADO POR REFORMA.

La palabra conoce palabras tan tiernas
que se vuelve de miel y te envuelve en caricias.
Otras veces no acierta a decir lo que siente
y en un laberinto de palabras se pierde;
y en un beso que hable por ella,
prefiere esconderse.

¿Pero adónde se fueron las otras,
las que un día se quedaron rotas?
 

Es posible que esperen el paso del tiempo
y con el tiempo se puedan poner en la boca;
o se sientan gaviota y vayan mar adentro
y vuelvan a dormir a la boca del puerto,
y se queden por siempre sonando en el viento...


Carlos Bernal. 

Audrey Kawassaki- Mente maravillosa