| Foto: Joaquín García Estudillo |
| Foto: Joaquín García Estudillo |
I
EL PERSONAJE
Ponía los ojos un tanto entornados. Difícilmente dejaban adivinar qué lejano punto centraba su interés. Solían mirar extasiados abrir y cerrarse el día. No había mayor placer.
Dos labios silenciosos le cerraban la boca. Una boca que se abría gustosa dejándose deleitar por todo tipo de sabores y con más frecuencia de la que debería. El resto, dientes descolocados, barba de varios días y alguna que otra risa explosiva, conformaban un rostro de presencia seria pero de fácil acceso.
Era poco hablador. Conversador en otro tiempo, se había llenado de silencios. Tal vez cansado de intentar hacerse entender, ahora prefería escuchar. Aunque la mayor parte de las veces ya no escuchaba; se encerraba en sus pensamientos, esos que no le defraudaban, solo le distraían.
No caminaba pensativo, más bien pensaba caminando. Los ruidos y conversaciones lejanas a través del paseo animaban su cuaderno de bitácora. A ratos se sentaba a pensar la vida, las prisas de los otros, los rotos sin sentido, los explotados, los esclavos, las insaciables fauces financieras, la impunidad del poderoso, la indiferencia del sumiso, la incultura institucionalizada…
Uno de sus grandes errores fue interiorizarse, perder su condición de hombre costero, litoral. Pero al final regresó al origen, donde las tardes son verdes botellas que el mar devuelve entre brumas y ruidos rompientes, y las mañanas amarillas figuras de oro blanco que el viento arrastra y las olas se llevan.
Dormitaba entre horas, otro inmenso placer. Evaporarse en la somnolencia que viene y que va entre momentos de lucidez y otros de consciente irrealidad, era otra forma de celebrar sus días…
II
El tiempo es eso que se te va sin que te des cuenta.
Hay frases muy bonitas con el tiempo, ése que nos ha visto pasar. Entre las que más gustan al paseante está la de “Llevo demasiado tiempo sin verte…”. Otra es la de “El tiempo todo lo cura”. Decía una vieja canción: “El tiempo que va pasando, como la vida no vuelve más…”
No mide mucho el tiempo el paseante. Abandonó su reloj de pulsera el día que se jubiló. Después dejó que transcurriera dulcemente, y solo la sensación de estómago vacío o la luz que se extingue en el mar marcan algo su prisa, acelerándole el paso.
Piensa a veces en la medida del tiempo, lo que tarda en transcurrir; en lo rápido que pasa la vida, en lo lento de las horas de espera, en lo relativo de su duración.
Y entonces, mientras va andando, algo le lleva hacia atrás, muy atrás en el tiempo…
De pronto se ve sentado en aquellas soporíferas horas eternas de las tardes de instituto. Un tiempo espeso, como de chicle, se extiende por el aula. El paseante se reconoce en aquel niño mirando una pizarra llena de números y signos extraños que un aburrido profesor llamaba ecuaciones. Y se ve volando con su imaginación más allá del sol que se colaba por los enormes ventanales. Hasta que vuelve a oír aquella campanilla que en una carrera escaleras abajo, tras un largo pasillo, le devolvía a la vida.
Pero volvamos al hoy del paseante. Sus paseos también tienen sus tiempos bastante medidos. De su casa al puerto, -lugar de relax donde los barcos se mecen al ritmo de la música de su móvil-, unos veinte minutos. Parada obligatoria. Repaso matinal de salida de algunos pesqueros tardíos que regresarán por la tarde. Voces lejanas de apremio para la subasta en la lonja, y golpeteo de cajas ya vacías. Graznidos de pavanas peleando los restos de pescado por tierra, mar y aire. Alguna foto si la ocasión lo merece. Y a seguir.
A partir de ese momento, media hora más o menos le llevarán por un recorrido urbano que se asoma al mar. Otro gran placer, vivir una ciudad que tiene la cabeza aireándose en el monte y los pies chapoteando en agua salada.
Después regresa a casa. En total una hora y media casi todos los días, a través de un paseo marítimo y una vía verde que le acompañan dándole, si no conversación, sí mucho que pensar. Ese mar cambiante, distinto cada hora que pasa, es suficiente estímulo e inspiración para seguir viendo, viviendo, reviviendo.
Así es un poco su tiempo, ése que ni le ha dado la razón, ni ha puesto las cosas en su sitio. Pero todavía queda tiempo...
IV
CAMINOS
El paseante no cree que se equivocara de camino. Ha tenido una vida plena de momentos felices. Hasta tuvo sus minutos de gloria. Un privilegiado. No puede pedir más, sería un insensato. En eso, al menos, parece que estamos de acuerdo.
V.
VIVENCIAS Y NOSTALGIA
Por terminar con la idea de ayer -los caminos que nos pusieron por delante, y la opción elegida- creo que asomó el concepto de nostalgia de lo no vivido. Y no se me ocurre nada mejor que una canción para intentar explicarme. Es aquélla de Joaquín Sabina cuya letra asegura: “No hay nostalgia peor/ que añorar lo que nunca jamás sucedió”. No se puede decir mejor con menos palabras. Claro, es Sabina.
A estas alturas del relato, a nadie le es ajeno que me esfuerzo en poner palabras a las imágenes fijadas en los ojos entornados del paseante. Que intento aclarar sus sentimientos, a veces nublados y broncos. Que deseo presentarlo como un ser medio normal, aunque alucine casi siempre. Que quiero que viva el presente, el día a día. Que me gustaría que abandonara ese tono nostálgico que se trasluce cada vez que habla o que escribe. Que leo sus versos y siempre hay un “qué bonito lo de antes y qué mal lo de ahora”. Parece que fuera muy fan de Jorge Manrique y su “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Pero tiene que ver con sus vivencias. Quienes le conocen me cuentan que tuvo una infancia y adolescencia muy felices, y creo que ahí se quedó amarrado. Como una goma que se estira y se encoge, vuelve allí constantemente. Haciendo copias de seguridad de sí mismo. Guardándose siempre en el disco duro de su alma.
Creo que lo más destacado de su carácter es la falta de dedicación plena a algo concreto, decidido, ultimado. Sus vivencias son un cúmulo de cosas sueltas que ha ido haciendo por aquí y por allá. Racimo de intenciones. Manojo de deseos… Que si estudios a medio acabar de música… Que si algunas canciones y otras sin terminar… Que si empezó a escribir algún libro de texto… Proyectos que no pasaron de serlo. Lástima. Alguno debería haber cuajado.
Y es que ir dejando cosas a medio hacer genera frustraciones. Sensación de historia incompleta. De atardecer que no acaba, que no termina haciéndose noche. Siempre está ahí, -no sé si lo habéis notado- con ese sol a medio ponerse, esas luces melancólicas, esas palabras violetas, esos cantos de sirena…
¿Que si es un romántico? No lo creo. Al menos a mí no me lo parece. O lo tiene muy escondido, por pudor. Nunca habla de su vida sentimental, de las novias que tuvo, de sus experiencias amorosas… Ni siquiera sé qué piensa del amor, así, en general. Aunque sé -porque sus ojos lo dicen- que ama y que es amado. Aunque no haga apología, ni del amor haga su tema. Aunque apenas escribiera alguna canción de amor. Tal vez por miedo a ser un ñoño y escribir cursilerías. Es tan delgada esa línea que las separa…
Solo una vez me habló de una chica -en su adolescencia- y de paseos por el puerto de Ceuta. De un noray donde se sentaba a esperarla y de largas charlas hasta que anochecía. Cuando intenté sonsacarle algo más, cambió de conversación.
A veces me pasa sus escritos o sus poemas para que les eche un vistazo. Además de ayudarle en lo que puedo con la ortografía y la sintaxis, es el momento que aprovecho para aconsejarle que se deje ir. Que suelte la mano. Que abandone el lenguaje encorsetado. Que la Generación del 98 hace mucho que pasó.
En fin, es hora de que vaya a recogerlo. Hemos quedado en el paseo. Hoy creo que me va a traer algún poema para que lo ojee. Si me gusta, lo mismo lo publico por aquí. No se enteraría, él no pierde el tiempo en internet. Eso dice. Ya os contaré. Que tengáis un buen día.
VI
LA CHICA DEL NORAY.
Otros iban atracando.
Mientras su amor fue creciendo,
el noray ya conocía
que algún día, algún barco,
se llevaría, amaneciendo,
otra historia adolescente,
otro sueño marchitado.
……………..
Después de leerlo en voz alta y decirle que me había gustado pero que creía que debería seguirlo, darle más contenido y otro final, el paseante me ha soltado de sopetón que está muy bien como está y que además va a hacer una canción con este poema. Le he dicho que no le creo y que no es la primera vez que me dice algo así. Ahí ha quedado el reto. Veremos.
Después hemos hablado… No le ha gustado nada al paseante que lo pasee por aquí, que cuente sus cosas en Internet -como dice él-. Bueno, en realidad tiene razón. No le pedí permiso para desnudarle así. Le he pedido perdón.
No me siento bien con lo ocurrido. En cierta forma, le he traicionado. Lo mejor será dejar que siga paseando solo, al menos por un tiempo. Tal vez os lo encontréis en cualquier paseo marítimo…
FIN.
Hay un tiempo tan lejano
que ni siquiera tiene nombre;
solo una cruz en el mapa
de la geografía del olvido.
Un tesoro azul perdido
en la memoria de un niño
que navega a la deriva.
Guarda momentos tan felices
que no tienen un después.
Son acordes afinados
de una guitarra que vibra
con sonrisa infantil.
Disfruta sus días de gloria.
Piensa mañana al día siguiente.
Desayuna con los versos
que le sobraron de anoche.
Iza la luz con el Sol
y la duerme con la Luna.
La noche es su religión;
la vida, su fortuna.
Tiene mañanas tan largas
como las tardes que destila
bajo un sol esmeralda.
Como las horas perdidas,
como las olas ganadas,
como la luz a su espalda.
En aquel mar de la infancia
tengo guardado ese tiempo.
Está amarrado a la nostalgia
de un viejo noray del puerto.
Carlos Bernal
Enero 2020.
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| Puerto pesquero, Marbella |
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| Ceuta. Antiguo puerto pesquero |
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| Bahía Sur de Ceuta. Foto de Andrés del Río. |
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| Salvador Dalí. La persistencia de la memoria (1931). |
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| Audrey Kawassaki- Mente maravillosa |