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sábado, 16 de julio de 2022

jueves, 14 de julio de 2022

Una historia por capítulos cortos. Introducción




Capítulo N-1

Por decir algo.

Empezaré por cualquier sitio porque ya es tarde para hacerlo por el principio, además sería como volver a empezar y a eso es a lo único que no estoy dispuesto. Aquello estuvo bien, pero precisamente porque fue “aquello”, se quedó allí y no volvería allí por nada del mundo. Qué manía nos ha dado ahora con buscar por internet a los amigos de la infancia o del instituto para reunirse y contarnos las vidas. A quién le importa lo que te ha pasado en los últimos cincuenta años, pedazo de melón, si tú eras el tonto de la clase y te pasabas la hora de matemáticas metiéndote el dedo en la nariz mientras el profesor se peleaba con su hipotenusa (la de él) y sus catetos (nosotros) en la pizarra. O a ti, que eras un empollón que sacabas siempre dieces y luego has llegado a ser director general de nosequé, y jefe superior de nosecuántas cosas… pero sigues siendo el mismo triste empollón, nada más.

 

Así que simplemente diré que la vida no me ha tratado mal hasta llegar aquí, y con eso queda todo dicho. Y ya soy libre para iniciar mi relato por donde me parezca sin ataduras cronológicas. Además, tampoco pretendo darle forma de memorias, ni estructurarlo debidamente como haría un escritor.

 

Continuará... creo.

 

Carlos Bernal.

14 de julio (día de la República Francesa, casualmente)


Por suerte, los árboles no me dejan ver el bosque de coches que se extiende ahí abajo, pero los oigo dedicarse horribles desconciertos de bocinas bramando con la educación de sus propietarios, que parecen no haber pasado por escuela alguna.



lunes, 4 de julio de 2022

Historias de Sotogrande (4 y ùltima). El Club de Golf y los músicos.





El origen del Real Club de Golf Sotogrande está íntimamente ligado a la creación de la urbanización de Sotogrande a comienzos de los años 60. Su fundador, Joseph McMicking eligió este enclave del Sur de España para desarrollar la mejor zona residencial de la época y como núcleo y eje vertebrador de ese ambicioso proyecto, se fundó en 1964 el Real Club de Golf Sotogrande. (Tomado de wikipedia)
 

En los años 80 ya triunfaban por allí los grandes golfistas españoles como Solozabal y Severiano Ballesteros.

 

Dña. Emma Villacieros de García-Ogara fue presidenta del Club de Golf Sotogrande desde 1979 a 1989.
Tuve ocasión de conocerla y tratarla en varias fiestas finales de torneo que nos tocó amenizar. Esta mujer, a la que todos llamaban Emma, era muy cordial y disfrutona. En cuanto se acababa el acto protocolario, sacaba sus zapatillas del bolso, se quitaba los tacones y se dedicaba a bailar todo el rato. Siempre nos decía que le gustaban mucho las canciones que llevábamos en el repertorio. Así que repetimos tres veces.
 

El golf en Sotogrande era y es la razón de ser de la propia urbanización. Así fue concebida por su creador Joseph McMicking en años 60, y así sigue.

 

Como digo, creo que estuvimos tres veces amenizando la cena que tenía lugar después del acto de entrega de trofeos al final de los torneos de cada año. Y he de decir, que para ser de la altura deportiva y financiera que era, nos trataban un poquito peor que en el Polo o en las fiestas privadas, por supuesto. Digo esto porque recuerdo los cabreos que solía pillar cuando veía que nos habían dejado para actuar un espacio pequeño junto a la barra del bar donde, yo sabía, se iba a agolpar la gente pidiendo y nos iban a machacar.

 

Y efectivamente así ocurría. Y de nada servía hablar con los responsables que, poniendo la misma cara anodina que una de las pelotas que utilizaban los golfistas, lo dejaban rodar… Hasta llegué a decírselo a Enma, la presidenta. Pero claro, ella estaba en ese momento para disfrutar y me decía no te preocupes, vamos a bailar ya verás que bien te lo pasas… Y a mí que, encima, no me gustaba bailar, pues me iba con una cara de quince metros. En fin, al final cobrábamos, cenábamos, nos tomábamos nuestra copita… y a casa, que mañana será otro día.

 

Pasados ya muchos años de aquellas experiencias musicales que compartí con el bueno de Juan, que en paz descanse, lo que me queda es el agradecimiento a la vida por haber tenido la posibilidad de conocer a ese tipo de gente a la que no vemos nunca en ninguna parte, por razones obvias; esos que viviendo en sus grandes mansiones, tras sus altas tapias y enormes árboles, están tan en nuestras antípodas que no solo somos como dos rectas paralelas que nunca van a encontrarse, sino que además cada vez seremos más divergentes, viviendo en dos universos de irreconocibles e irreconciliables dimensiones. Creo que más que nada, se trata de que aprendí a comprender ese mundo de millonarios que jamás van a entender los problemas de la gente común que se levanta cada mañana para ganarse el pan y tratar de llegar a fin de mes. Y eso no es justificarlos, es aceptar simplemente su existencia.
 

Si por aquellos años 80 ya lo veía así, imaginaos ahora, cuando hay un nuevo milmillonario cada 30 horas desde el inicio de la pandemia, mientras crece de modo  exponencial el de personas en estado de pobreza extrema.

 

Gracias por leer estos recuerdos y pequeñas reflexiones, familia.

 

Carlos Bernal, 30 de junio 2022.


sábado, 2 de julio de 2022

Historias de Sotogrande (3) El Club de Polo.



Seguramente, de aquellos clubs que se arracimaban en el emporio de Sotogrande, el de Tenis, el de Golf… el que más hispanos congregaba era el de Polo. Todavía no sé por qué razón. Tal vez fuera por las familias argentinas que llevaban el mantenimiento del club y por su manera de ser tan afable, comunicativa y cariñosa. En realidad no tengo una explicación más razonable.

El club de Polo que yo conocí en los años 80 tenía unas oficinas muy lujosas y unos campos de entrenamiento y de competición de los mejores de la España de ese momento. Los encargados de que todo funcionara eran una familia argentina. Ellos y sus empleados  se ocupaban de todo, de los caballos, las cuadras, los entrenamientos, el cuidado de las pistas, de los campos… Recuerdo que la familia la formaban dos o tres chicos jóvenes -de entre 20 y 30 años- su padre y su madre. Todos eran unas excelentes personas, siempre dispuestas a atenderte y a cuidarte con un mimo muy especial y adorable. Jamás fuimos a verlos para algo, lo que fuera, que no te hicieran pasar, sentarte, tomar algo, charlar, y hasta ofrecerte quedarte a comer. Eran increíbles, de un trato exquisito.

Si la memoria no me falla (que me fallará seguro) tocamos en tres ocasiones en el Club de Polo de Sotogrande. Y siempre con ocasión de la fiesta que se celebraba para la entrega de trofeos del  Campeonato de Polo Internacional que se celebraba cada cierto tiempo, no recuerdo ya si era si cada año.

Pero quiero contaros lo que vivimos el año que, por la razón que luego entenderéis, se me quedó fijado en la memoria. Y Juan lo contaba siempre mucho mejor que yo. Él tenía mucha gracia para contar las cosas que habíamos vivido…

Como ya he dicho, en el Club de Polo se vivía un ambiente muy hispano, cosa que en el golf no ocurría, donde se respiraba un aire mucho más anglosajón.

Aquel año, no sé cuál de los 80, la fiesta incluía una descomunal barbacoa cuya instalación ocupaba varios centenares de metros. Tratándose de argentinos organizando, no me sorprendió cuando llegamos por la mañana.

Las barbacoas que se habían preparado al efecto eran enormes, con parrillas del tamaño de somieres de camas de matrimonio sobre las que se tirarían literalmente, horas después, pollos enteros, enormes chuletones, patas de cordero, costillares enormes, etc…

Desde por la mañana fueron apilando cantidades ingentes de leña y haciendo piras con ellas. Las llamas alcanzaban más de dos metros hasta que poco a poco, a lo largo del día se fueron quemando, convirtiéndose en ascuas y distribuyéndose por las distintas barbacoas. Con una cerveza en la mano, disfruté del espectáculo de ver a estas personas trabajar en lo que siempre han sido expertos: preparar la carne mejor que nadie.

Nosotros fuimos a trabajar en lo nuestro, colocación de equipo en la zona asignada y prueba de sonido consiguiente. Todo bien.

Nuestro planteamiento de repertorio fue:

“Como aquí va a ver muchos hispanos, nos vendrá bien tocar todo lo que llevamos de música sudamericana. Bien, dijimos. Así que saca a Pablo Milanés, Silvio Rodriguez, Carlos Puebla, etc.” Y claro, la canción del Comandante Che Guevara no podía faltar. Estábamos la España de los años 80.

La noche era preciosa. Cielo despejado, luces adecuadas, calor mediterráneo y ambiente muy agradable. Todo iba sobre ruedas. Mientras las personas invitadas disfrutaban de la barbacoa, la actuación empezó y fuimos poco a poco desgranando las canciones elegidas.

Los acordes de Mi mayor, La Mayor y Si 7ª me dieron paso a empezar a cantar esa letra que dice: “Aprendimos a quererte/ desde la histórica altura/ donde el sol de tu bravura/ le puso cerco a la muerte/ Y aquí se queda la clara/ la entrañable transparencia/ de tu querida presencia/ Comandante Che Guevara…

En ese momento, o algo después, no recuerdo, Juan paró de tocar el teclado diciéndome:
“Para, Carlos, que un tío ha sacado una pistola”.
La verdad es que yo la pistola no llegué a verla. Solo oí que alguien gritaba: “Ni una canción más de Castro, ni una más”.

Inmediatamente se armó un revuelo en torno a esta persona, vi que acudía gente de la organización y que se lo llevaban fuera. Nunca más volví a saber de este pistolero.
Continuó la fiesta, seguimos tocando y no alteramos el repertorio. Pero la canción del Che ya no la terminamos, del mal cuerpo que se nos había puesto.

Cuando acabó la música y nos tomamos una copa con la gente, apareció una joven que luego nos dijeron era hija del pistolero cubano. Estuvo conversando con Juan y como vi que se iban a enganchar en una discusión acalorada y absurda, lo cogí del brazo y me lo llevé a otro corrillo. No hubo más.

Aquí nuestra reflexión posterior:
¿Cómo íbamos nosotros a saber que Fulgencio Batista Zaldívar y toda su cohorte se habían exiliado en esta zona? De hecho, el dictador cubano residió en Marbella hasta su muerte en 1973. He leído también que está enterrado en Madrid. Franco dio cobijo a muchos dictadores del momento. Y en la costa mediterránea española, desde Tarragona a Sotogrande, se refugiaron un buen puñado de líderes nazis del ejército de Hitler buscados en esos años por todo el mundo. Aquí nadie se metió con ellos.

En fin, la cosa terminó bien pero podía haber acabado mal, muy mal para los que estuvimos tocando esa noche en el club de Polo.

La organización nos pidió mil disculpas y todo se quedó en un susto grande. Peor cara se le puso a Juanito, que vio blandir una pistola en la noche de Sotogrande.

(Continuará…)










Carlos Bernal, 
30 de junio de 2022.
 
 
 
 

jueves, 30 de junio de 2022

Historias de Sotogrande (2)







 A lo largo de los años 80, mi compañero musical y amigo Juan Salas y yo fuimos varias veces (creo que en tres ocasiones) a amenizar las fiestas finales de los torneos internacionales de golf que se celebraban en el Real Club de Golf de Sotogrande. 

Pero dejaré esta historia para otro momento, porque yo ya había estado allí muchos años antes, sin Juan.
 

El origen del Real Club de Golf Sotogrande está íntimamente ligado a la creación de la urbanización de Sotogrande a comienzos de los años 60. Su fundador, Joseph McMicking eligió este enclave del Sur de España para desarrollar la mejor zona residencial de la época y como núcleo y eje vertebrador de ese ambicioso proyecto, se fundó en 1964 el Real Club de Golf Sotogrande.
 

Por cierto, a J. McMicking, creador de la urbanización Sotogrande tuve ocasión de conocerle personalmente. Estuve en su despacho. Debió ser en 1969 o 70. Dieciséis o diecisiete añitos tendría yo, no él.
 

Todo fue gracias a mi amigo y compañero de dúo musical por aquellos años, Eugenio Blanco, antes de que él se cambiara su nombre por el más artístico de Aryane. Nosotros nos veíamos de vez en cuando en casa de mis padres en el edificio de Correos de Hadú y componíamos canciones que luego montábamos a dos voces. Él solía componer en inglés, así que me tocaba memorizar. Aún recuerdo alguna estrofa. 

También solíamos vernos en casa de la novia que tenía en la Curva Amaya, cerca de donde luego estuvo el club de Tenis Mediterráneo. Este Eugenio era unos años mayor que yo (es curioso, todos mis amigos eran mayores). Y había estudiado Turismo en Granada. Consiguió pronto un trabajo en aquel Sotogrande primigenio de los 60. Un día me propuso ir allí y presentarme al mismísimo jefazo McMicking, y pedirle una audición con vistas a cantar en la discoteca de la urbanización. Y claro, inconsciencia juvenil, dije que bueno, que sí, y allá fuimos.
 

El señor McMicking, aunque nacido en Manila (Filipinas), se había educado en California, y era muy americano en el trato. Muy americano, por decirlo en dos palabras. Yo nunca había visto una mesa tan grande ni con tantos teléfonos de colores. Eugenio me haba avisado de que le llamarían catorce veces mientras estuviésemos hablando y que tenía un teléfono con línea directa con EEUU, cosa que entonces no tenía nadie en España. En una de las interrupciones telefónicas habló con un amigo de la familia que tenía previsto visitar a su hijo en Grecia. El jefazo le dijo: “Pues dile que te lleve a su isla, te va a encantar”. El nene tenía una isla en Grecia. Así vivía esta gente…
 

Pero sigamos. Eugenio le habló de que formábamos un dúo musical y que nos gustaría hacer actuaciones en la discoteca de la urbanización. También que yo era cantautor y que podría dar recitales. Al jefazo le pareció bien. Yo llevaba mi vieja guitarra y enseguida dijo: “pues vamos a la discoteca, que venga el encargado de la música y haces una prueba”. El tipo no tenía tiempo que perder. Todo fue rápido y limpio. 

Me pusieron un micro, se sentaron delante de mí y alguien dijo “canta”, y canté. A los cinco minutos me pidieron el teléfono y que me llamarían. Bueno, nunca me llamaron, pero yo estuve allí y por eso lo cuento.
 

Ah, otra cosa curiosa, era la época en que la Guardia Civil patrullaba en coche vigilando las calles de la urbanización (privada) y estaban en la garita de la entrada. A pedir de boca. Para los americanos lo que haga falta, oyes.
 

(Continuará…)

Carlos Bernal
29 junio 2022.
 
 
 
 
 


Historias de Sotogrande (1)




Ellos lucían cabellos grises o directamente blancos, y un hermoso estómago era la parte más sobresaliente de su figura. Sus rodillas cargaban con una artrosis tratada desde hacía años, pero su billetera gozaba de una espléndida y abultada salud. En la puerta, autos de alta gama, tipo Porsche Cayenne, aguardaban a que la fiesta acabara.

En ellas destacaba una aprendida sonrisa que, a sus treinta y pocos años, sabían ir colocando en cada lugar, en cada persona, en cada momento. La sonrisa era tan auténtica como el color rubio que sus melenas dejaban caer sobre los dorados hombros. Su figura, la de ellas, estaba bien conseguida a base de gimnasios, spa y masajes diarios que pagaba la VISA de ellos.

La fiesta fue en una de esas mansiones que se ocultan tras tapias enormes y árboles descomunales, y que el resto de los mortales solo tenemos ocasión de ver en viejas películas de James Bond, pongamos por caso. Se celebraba en el “pequeño” jardín (dijo la dueña), que debía tener la dimensión aproximada de medio campo de fútbol, pero con el césped mejor cuidado.

La cita era a la caída del sol. Sobre esa hora, varios criados, filipinos por supuesto, iban aparcando los autos que sus dueños dejaban en la misma puerta donde les recibía la dueña de la casa, que creo recordar era belga y que no sé qué celebraba, da igual. Lo que sí recuerdo es que el catálogo de los coches que llegaban ya lo quisiera para sí el mejor concesionario que exista en España.

Y uno, que andaba desde hacía varias horas colocando altavoces, cables, amplificadores y probando el sonido para que nada fallara a última hora, no dejaba de hacer mención a lo mal repartido que está el mundo. Las miradas y los comentarios jocosos entre Juan y yo eran tipo: “Aquí llega otro que está podrío de dinero”.

Sobre el jardín, lamparitas pequeñas y coquetas alumbraban mesas para dos, cuatro, seis, ocho comensales, según los grupos ya concertados. En cada mesa podían apreciarse botellas de vino blancos, tintos, rosados, de gran categoría todos ellos.

Y empezaron a hacer aparición en la escena, ellas bellísimas y ellos… elegantes. Saludos, apretones de manos, besos, algún abrazo, todo ello asomando unos dientes blanquísimos y de perfecta definición (no por menos, en la zona también estaban instaladas las mejores clínicas dentales).

Entre veinte y treinta personas formaban el grupo que se autofestejaba esa noche, y que conversaba ya animadamente (eso sí, a un nivel bajísimo de decibelios).

Juan y yo fuimos contratados para amenizar la fiesta de esa noche. Juan tenia un contacto en la cafetería del club (no sé si el de golf, el de playa, el de tenis o el de polo, vaya usted a saber) que le llamaba cuando alguien pedía música para una fiesta privada. La cosa era muy cómoda. Se trataba de tocar música muy suave durante la cena y después, para el baile, cosas más alegres… Para el resto de la noche, cuando el personal se desmadra, ya valdría cualquier cosa.

Con el volumen al mínimo, íbamos tocando musica orquestal (sin cantar). Nos llamaban la atención constantemente camareros diciendo que tocásemos “más bajito”. Llegó un momento que más nos valía apagar el equipo…

Pero la noche fluye y las botellas de cada mesa van vaciándose al tiempo que el tono de las conversaciones se va incrementando. Crecen las voces como aumenta el número de botellas vacías. Nosotros tenemos que ir subiendo el volumen general del equipo para ser audibles, y aquel remanso de paz y armonía que era, se convierte por arte y magia del dios Baco en una verbena del barrio más modesto de las afueras industriales de cualquier gran ciudad.

Pero la cosa sigue “in crescendo” y llegan los animosos bailes. El bebercio ha pasado a mayores y ya corren por las bandejas de los camareros el güisqui, vodka, ginebra, etc, como si fuera agua. Desde los acordes de una sevillana, observo lo patoso que se puede llegar a ser por mucho dinero que se tenga y muchas empresas que se manejen desde los parqués de medio mundo financiero.

Al final, los más prudentes van retornando a sus sillas ayudados por la rubia de bote que les da su brazo, mientras otros prefieren acabar en el fresco césped de aquel San Mamés de la costa. Unos y otros continúan con la ingesta descontrolada de alcohol de todo tipo, hasta que la joven acompañante, algo menos beoda (aunque no mucho), haciéndose cargo de la lamentable compostura de su príncipe azul, opta por cargárselo al hombro, y llave en mano, acercarlo hasta su BMW para -supongo, después- arrojarlo a su  cama de manera poco ortodoxa.

Por fin llega la calma al “jardincito” y Juan y yo nos dedicamos a recoger el equipo y colocarlo en su viejo Mercedes que hace las veces de furgoneta entre su enorme maletero y el asiento de atrás.

Queda en el lugar de la batalla campal un curioso ejemplar que nos llama la atención. Se trata de un escritor inglés (eso dice él) que ha sido invitado por ser contertulio de la cafetería del club en los últimos días y haber hecho alguna amistad -poca- con la dueña de la casa. Parece ser que está interesado en quedarse a dormir esa noche en la casa, seguramente apoyado en la fuerte borrachera que no duda en mostrar. La belga nos pide ayuda mientras terminamos de recoger y nos dice que lo acerquemos hasta su apartamento. En el rostro y los modos de la mujer se advierte una solicitud de auxilio no exenta de cierta emergencia. Pero el obstinado inglés insiste y tenemos que intervenir cogiéndolo casi en volandas y metiéndolo en el coche.

Acabamos recibiendo un cheque de la señora de la casa por la cantidad estipulada y -después de dejar al pesado del inglés donde nos dijo- nos fuimos tranquilos a dormir.

Son historias de músicos que en los años ochenta disfrutamos de noches curiosas. Ya contaré alguna más…  

 


Carlos Bernal
29 de junio de 2022

 

 

 

martes, 24 de mayo de 2022

Puentes

 

Un puente es cualquier cosa que se levanta por encima de algo que está dividido, para intentar unirlo. Y ahí podemos meter de todo, de todo lo que suele dividirse, digo; desde una familia hasta un país, o varios, o un mundo entero. Y así como hay verdaderos expertos en dividirlo todo, en trocearlo hasta que sea irreconocible, hay muy pocos especialistas en construir puentes para unirlo. Suelen ser los ingenieros, aunque también hay algunos que han construido puentes donde dejarse los dientes. Como aquel de Bilbao, cuyo suelo al final tuvieron que cubrir con una especie de césped artificial, para que la gente dejara de partirse la crisma contra aquella resbaladiza y cristalina superficie… Pero el tipo, el ingenioso ingeniero, digo, se llevó su pasta, y que yo sepa hasta hoy nadie lo ha llevado al juzgado por atentar contra la verticalidad de los ciudadanos de la txapela. En fin, es que son profesiones de postín, que por mucho maula que las habite -como esa otra de abogado del Estado- nunca se las pone en tela de juicio, literalmente.

Pero sigamos puenteando. Se suele utilizar la expresión “tender puentes”. Lo de tender me suena a lavandería más bien antigua,  porque desde que existen secadoras, tender ya se tiende poco. Aunque a mí me sigue gustando ese infantil aroma que desprende la ropa recién tendida y que, al compás del viento, va acariciándome recuerdos de aquellas otras azoteas. Y si hablamos de un puente tendido, la imagen que me viene es la de un puente tumbado tomando el sol, como hace todo el que puede, llegando esta época y tres días de asueto seguido, o sea, de puente.

Hoy la expresión “tender puentes” la usan mucho los políticos. Y muy políticos. A menudo los escucho decir que tienen la mano tendida, que su intención es la de tender puentes para bla, bla, bla… Pero me temo, y a las pruebas me remito, que la mayoría de las veces, esos puentes que presumen tender, llevan por debajo escondidas, bombas lapa que estallarían en el momento de cruzarlo.

¡Vaya mala referencia a las lapas!
Pobres lapas maltratadas que de niño me empeñaba en despegar de las rocas para usarlas como cebo en mis tardes de pesca con chambel;  o con aquella caña de pescar tan rudimentaria que sería imposible encontrar otra más rudimentaria. A falta de un Bribón, o de siquiera una patera, mis infantes posaderas se dolían sobre cualquier recodo de la Piedra Gorda que no pinchara demasiado. La Piedra Gorda, claro está, era la más gorda de las rocas de mi playa.

En estas escapadas pesqueras solía estar acompañado de mi amigo Santi, algo mayor que yo y guía aceptado por la autoridad paterna competente en la maravillosa aventura de incorporarme a la vida independiente; o sea, lejos de la vista de mi madre durante toda la tarde.

Y allí, cerca, había también un puente tendido, pero éste de verdad. Un puente atravesado por los raíles de la abandonada línea férrea que tiempo atrás unió Ceuta y Tetuán y que ya solo servía como cotidiano escenario de nuestros juegos infantiles.

Hubo después, en mis salidas del barrio, otros puentes. Son los que me ayudaron a cruzar más allá de los límites que mis pocos años y la propia época imponían. A veces, fueron puentes sobre aguas turbulentas, que Simon&Garfunkel me ayudaron a transitar. Pero puentes, al fin y al cabo, que me trajeron hasta aquí.

Y ahora, a mis años, he llegado a otro. Éste no parece peligroso; es ilusionante y tiene vivos colores, y música, y poesía en las paredes. Y como siempre, ya sabéis, al llegar, uno se plantea si cruzarlo. He decidido que sí, ya os contaré lo que me encuentre…

Carlos Bernal
Los Barrios, mayo de 2022.