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jueves, 30 de junio de 2022

Historias de Sotogrande (2)







 A lo largo de los años 80, mi compañero musical y amigo Juan Salas y yo fuimos varias veces (creo que en tres ocasiones) a amenizar las fiestas finales de los torneos internacionales de golf que se celebraban en el Real Club de Golf de Sotogrande. 

Pero dejaré esta historia para otro momento, porque yo ya había estado allí muchos años antes, sin Juan.
 

El origen del Real Club de Golf Sotogrande está íntimamente ligado a la creación de la urbanización de Sotogrande a comienzos de los años 60. Su fundador, Joseph McMicking eligió este enclave del Sur de España para desarrollar la mejor zona residencial de la época y como núcleo y eje vertebrador de ese ambicioso proyecto, se fundó en 1964 el Real Club de Golf Sotogrande.
 

Por cierto, a J. McMicking, creador de la urbanización Sotogrande tuve ocasión de conocerle personalmente. Estuve en su despacho. Debió ser en 1969 o 70. Dieciséis o diecisiete añitos tendría yo, no él.
 

Todo fue gracias a mi amigo y compañero de dúo musical por aquellos años, Eugenio Blanco, antes de que él se cambiara su nombre por el más artístico de Aryane. Nosotros nos veíamos de vez en cuando en casa de mis padres en el edificio de Correos de Hadú y componíamos canciones que luego montábamos a dos voces. Él solía componer en inglés, así que me tocaba memorizar. Aún recuerdo alguna estrofa. 

También solíamos vernos en casa de la novia que tenía en la Curva Amaya, cerca de donde luego estuvo el club de Tenis Mediterráneo. Este Eugenio era unos años mayor que yo (es curioso, todos mis amigos eran mayores). Y había estudiado Turismo en Granada. Consiguió pronto un trabajo en aquel Sotogrande primigenio de los 60. Un día me propuso ir allí y presentarme al mismísimo jefazo McMicking, y pedirle una audición con vistas a cantar en la discoteca de la urbanización. Y claro, inconsciencia juvenil, dije que bueno, que sí, y allá fuimos.
 

El señor McMicking, aunque nacido en Manila (Filipinas), se había educado en California, y era muy americano en el trato. Muy americano, por decirlo en dos palabras. Yo nunca había visto una mesa tan grande ni con tantos teléfonos de colores. Eugenio me haba avisado de que le llamarían catorce veces mientras estuviésemos hablando y que tenía un teléfono con línea directa con EEUU, cosa que entonces no tenía nadie en España. En una de las interrupciones telefónicas habló con un amigo de la familia que tenía previsto visitar a su hijo en Grecia. El jefazo le dijo: “Pues dile que te lleve a su isla, te va a encantar”. El nene tenía una isla en Grecia. Así vivía esta gente…
 

Pero sigamos. Eugenio le habló de que formábamos un dúo musical y que nos gustaría hacer actuaciones en la discoteca de la urbanización. También que yo era cantautor y que podría dar recitales. Al jefazo le pareció bien. Yo llevaba mi vieja guitarra y enseguida dijo: “pues vamos a la discoteca, que venga el encargado de la música y haces una prueba”. El tipo no tenía tiempo que perder. Todo fue rápido y limpio. 

Me pusieron un micro, se sentaron delante de mí y alguien dijo “canta”, y canté. A los cinco minutos me pidieron el teléfono y que me llamarían. Bueno, nunca me llamaron, pero yo estuve allí y por eso lo cuento.
 

Ah, otra cosa curiosa, era la época en que la Guardia Civil patrullaba en coche vigilando las calles de la urbanización (privada) y estaban en la garita de la entrada. A pedir de boca. Para los americanos lo que haga falta, oyes.
 

(Continuará…)

Carlos Bernal
29 junio 2022.
 
 
 
 
 


Historias de Sotogrande (1)




Ellos lucían cabellos grises o directamente blancos, y un hermoso estómago era la parte más sobresaliente de su figura. Sus rodillas cargaban con una artrosis tratada desde hacía años, pero su billetera gozaba de una espléndida y abultada salud. En la puerta, autos de alta gama, tipo Porsche Cayenne, aguardaban a que la fiesta acabara.

En ellas destacaba una aprendida sonrisa que, a sus treinta y pocos años, sabían ir colocando en cada lugar, en cada persona, en cada momento. La sonrisa era tan auténtica como el color rubio que sus melenas dejaban caer sobre los dorados hombros. Su figura, la de ellas, estaba bien conseguida a base de gimnasios, spa y masajes diarios que pagaba la VISA de ellos.

La fiesta fue en una de esas mansiones que se ocultan tras tapias enormes y árboles descomunales, y que el resto de los mortales solo tenemos ocasión de ver en viejas películas de James Bond, pongamos por caso. Se celebraba en el “pequeño” jardín (dijo la dueña), que debía tener la dimensión aproximada de medio campo de fútbol, pero con el césped mejor cuidado.

La cita era a la caída del sol. Sobre esa hora, varios criados, filipinos por supuesto, iban aparcando los autos que sus dueños dejaban en la misma puerta donde les recibía la dueña de la casa, que creo recordar era belga y que no sé qué celebraba, da igual. Lo que sí recuerdo es que el catálogo de los coches que llegaban ya lo quisiera para sí el mejor concesionario que exista en España.

Y uno, que andaba desde hacía varias horas colocando altavoces, cables, amplificadores y probando el sonido para que nada fallara a última hora, no dejaba de hacer mención a lo mal repartido que está el mundo. Las miradas y los comentarios jocosos entre Juan y yo eran tipo: “Aquí llega otro que está podrío de dinero”.

Sobre el jardín, lamparitas pequeñas y coquetas alumbraban mesas para dos, cuatro, seis, ocho comensales, según los grupos ya concertados. En cada mesa podían apreciarse botellas de vino blancos, tintos, rosados, de gran categoría todos ellos.

Y empezaron a hacer aparición en la escena, ellas bellísimas y ellos… elegantes. Saludos, apretones de manos, besos, algún abrazo, todo ello asomando unos dientes blanquísimos y de perfecta definición (no por menos, en la zona también estaban instaladas las mejores clínicas dentales).

Entre veinte y treinta personas formaban el grupo que se autofestejaba esa noche, y que conversaba ya animadamente (eso sí, a un nivel bajísimo de decibelios).

Juan y yo fuimos contratados para amenizar la fiesta de esa noche. Juan tenia un contacto en la cafetería del club (no sé si el de golf, el de playa, el de tenis o el de polo, vaya usted a saber) que le llamaba cuando alguien pedía música para una fiesta privada. La cosa era muy cómoda. Se trataba de tocar música muy suave durante la cena y después, para el baile, cosas más alegres… Para el resto de la noche, cuando el personal se desmadra, ya valdría cualquier cosa.

Con el volumen al mínimo, íbamos tocando musica orquestal (sin cantar). Nos llamaban la atención constantemente camareros diciendo que tocásemos “más bajito”. Llegó un momento que más nos valía apagar el equipo…

Pero la noche fluye y las botellas de cada mesa van vaciándose al tiempo que el tono de las conversaciones se va incrementando. Crecen las voces como aumenta el número de botellas vacías. Nosotros tenemos que ir subiendo el volumen general del equipo para ser audibles, y aquel remanso de paz y armonía que era, se convierte por arte y magia del dios Baco en una verbena del barrio más modesto de las afueras industriales de cualquier gran ciudad.

Pero la cosa sigue “in crescendo” y llegan los animosos bailes. El bebercio ha pasado a mayores y ya corren por las bandejas de los camareros el güisqui, vodka, ginebra, etc, como si fuera agua. Desde los acordes de una sevillana, observo lo patoso que se puede llegar a ser por mucho dinero que se tenga y muchas empresas que se manejen desde los parqués de medio mundo financiero.

Al final, los más prudentes van retornando a sus sillas ayudados por la rubia de bote que les da su brazo, mientras otros prefieren acabar en el fresco césped de aquel San Mamés de la costa. Unos y otros continúan con la ingesta descontrolada de alcohol de todo tipo, hasta que la joven acompañante, algo menos beoda (aunque no mucho), haciéndose cargo de la lamentable compostura de su príncipe azul, opta por cargárselo al hombro, y llave en mano, acercarlo hasta su BMW para -supongo, después- arrojarlo a su  cama de manera poco ortodoxa.

Por fin llega la calma al “jardincito” y Juan y yo nos dedicamos a recoger el equipo y colocarlo en su viejo Mercedes que hace las veces de furgoneta entre su enorme maletero y el asiento de atrás.

Queda en el lugar de la batalla campal un curioso ejemplar que nos llama la atención. Se trata de un escritor inglés (eso dice él) que ha sido invitado por ser contertulio de la cafetería del club en los últimos días y haber hecho alguna amistad -poca- con la dueña de la casa. Parece ser que está interesado en quedarse a dormir esa noche en la casa, seguramente apoyado en la fuerte borrachera que no duda en mostrar. La belga nos pide ayuda mientras terminamos de recoger y nos dice que lo acerquemos hasta su apartamento. En el rostro y los modos de la mujer se advierte una solicitud de auxilio no exenta de cierta emergencia. Pero el obstinado inglés insiste y tenemos que intervenir cogiéndolo casi en volandas y metiéndolo en el coche.

Acabamos recibiendo un cheque de la señora de la casa por la cantidad estipulada y -después de dejar al pesado del inglés donde nos dijo- nos fuimos tranquilos a dormir.

Son historias de músicos que en los años ochenta disfrutamos de noches curiosas. Ya contaré alguna más…  

 


Carlos Bernal
29 de junio de 2022

 

 

 

martes, 24 de mayo de 2022

Puentes

 

Un puente es cualquier cosa que se levanta por encima de algo que está dividido, para intentar unirlo. Y ahí podemos meter de todo, de todo lo que suele dividirse, digo; desde una familia hasta un país, o varios, o un mundo entero. Y así como hay verdaderos expertos en dividirlo todo, en trocearlo hasta que sea irreconocible, hay muy pocos especialistas en construir puentes para unirlo. Suelen ser los ingenieros, aunque también hay algunos que han construido puentes donde dejarse los dientes. Como aquel de Bilbao, cuyo suelo al final tuvieron que cubrir con una especie de césped artificial, para que la gente dejara de partirse la crisma contra aquella resbaladiza y cristalina superficie… Pero el tipo, el ingenioso ingeniero, digo, se llevó su pasta, y que yo sepa hasta hoy nadie lo ha llevado al juzgado por atentar contra la verticalidad de los ciudadanos de la txapela. En fin, es que son profesiones de postín, que por mucho maula que las habite -como esa otra de abogado del Estado- nunca se las pone en tela de juicio, literalmente.

Pero sigamos puenteando. Se suele utilizar la expresión “tender puentes”. Lo de tender me suena a lavandería más bien antigua,  porque desde que existen secadoras, tender ya se tiende poco. Aunque a mí me sigue gustando ese infantil aroma que desprende la ropa recién tendida y que, al compás del viento, va acariciándome recuerdos de aquellas otras azoteas. Y si hablamos de un puente tendido, la imagen que me viene es la de un puente tumbado tomando el sol, como hace todo el que puede, llegando esta época y tres días de asueto seguido, o sea, de puente.

Hoy la expresión “tender puentes” la usan mucho los políticos. Y muy políticos. A menudo los escucho decir que tienen la mano tendida, que su intención es la de tender puentes para bla, bla, bla… Pero me temo, y a las pruebas me remito, que la mayoría de las veces, esos puentes que presumen tender, llevan por debajo escondidas, bombas lapa que estallarían en el momento de cruzarlo.

¡Vaya mala referencia a las lapas!
Pobres lapas maltratadas que de niño me empeñaba en despegar de las rocas para usarlas como cebo en mis tardes de pesca con chambel;  o con aquella caña de pescar tan rudimentaria que sería imposible encontrar otra más rudimentaria. A falta de un Bribón, o de siquiera una patera, mis infantes posaderas se dolían sobre cualquier recodo de la Piedra Gorda que no pinchara demasiado. La Piedra Gorda, claro está, era la más gorda de las rocas de mi playa.

En estas escapadas pesqueras solía estar acompañado de mi amigo Santi, algo mayor que yo y guía aceptado por la autoridad paterna competente en la maravillosa aventura de incorporarme a la vida independiente; o sea, lejos de la vista de mi madre durante toda la tarde.

Y allí, cerca, había también un puente tendido, pero éste de verdad. Un puente atravesado por los raíles de la abandonada línea férrea que tiempo atrás unió Ceuta y Tetuán y que ya solo servía como cotidiano escenario de nuestros juegos infantiles.

Hubo después, en mis salidas del barrio, otros puentes. Son los que me ayudaron a cruzar más allá de los límites que mis pocos años y la propia época imponían. A veces, fueron puentes sobre aguas turbulentas, que Simon&Garfunkel me ayudaron a transitar. Pero puentes, al fin y al cabo, que me trajeron hasta aquí.

Y ahora, a mis años, he llegado a otro. Éste no parece peligroso; es ilusionante y tiene vivos colores, y música, y poesía en las paredes. Y como siempre, ya sabéis, al llegar, uno se plantea si cruzarlo. He decidido que sí, ya os contaré lo que me encuentre…

Carlos Bernal
Los Barrios, mayo de 2022.

 


 

viernes, 29 de abril de 2022

Historia de un poemario.



 

Busqué entre los poemas que andaban correteando por estas páginas. Seleccioné un buen puñado entre aquellos que seguían un camino determinado. Aquellos que marcaban un horizonte fijo; los que tenían un interés común, el de reconocerme en mi historia. Los perseguí arriba y abajo. Una vez capturados les quité el polvo acumulado durante años y los vestí con ropa nueva, o remendada, en otros casos. Hubo que sacarle los bajos a algunos y ensanchar las costuras a otros. Muchos se resistían a aparecer en público; decían sentirse ridículos, trasnochados, absurdamente viejos y fuera de lugar. Así que la negociación no fue fácil. Pero al final tuvieron que transigir. El que manda, manda, -les dije-. Se hizo el silencio entre los poemas mientras proseguía con mi discurso:

Voy a dar la cara por vosotros, espero que me dejéis en buen lugar.

Hubo alguna sonrisilla burlona por respuesta, y también ojos de estar pensando vaya con el viejo. Pero en general se puede decir que no les quedó otra que aceptar y tirar para delante.

A los seleccionados les dije que fueran haciendo el equipaje para marcharse lejos, que ya no estarían en casa y que debían empezar a vivir su propia vida. Noté que les daba algo de pena separarse de mí después de tanto tiempo. Tuve que suavizarlo diciendo que seguiríamos en contacto, que yo siempre iba a estar ahí para lo que necesitaran…

Estos últimos días antes de su partida están siendo muy emotivos y cariñosos. Ahora, en realidad, no sé si quiero separarme de ellos. La vida.


Carlos Bernal
29 abril 2022.

jueves, 21 de abril de 2022

De vuelta


 

Da gusto volver a casa.
El placer de registrar la librería buscando
el silencio del libro que acompaña,
la virtud de este cuarto al sol poniente.
Hurgar en la estantería que guarda
su acostumbrada compostura
de tarde de lectura con pájaros de fondo.

Removerme en la silla
junto a la mesa que recoge con placidez
mi mano acostumbrada a su relieve,
mi cuaderno de bitácora que actualizo
con la calma que contagia.

La ventana, a la derecha,
es un cuadro con horas dibujadas:
la de los niños al colegio,
la de los perros paseados,
la de las madres que vuelven,
la de las compras diarias…
Un espejo donde mirarme
las estaciones que corren,
las vidas que transcurren
junto a la mía, que aletea.

A lo lejos la tarde,
entre sombras se despide.


Carlos Bernal
Los Barrios, 21 de abril de 2022.


viernes, 1 de abril de 2022

Las faenas del mar



ALGUNAS COSAS QUE LA MAR ATIENDE

Baldea orillas que luego
se lleva de mudanza.
Da cobijo al Sol de noche,
y al alba lo acompaña a la salida. 
Después pule bronces en la arena.

 
Tararea canciones que habías olvidado.
Llena tus sueños de espuma blanca
y peces de colores.
Ensancha el horizonte mientras miras
y a mirar aprendes.

Da la vuelta al mundo sin contar los días.
A cada rato pone otro escaparate.
Intercambia cromos con el cielo
-dos de ellos por uno del mar-.

Resume tu vida en lunas.
Sigue pescando estrellas,
esas que caen a sus pies.
Te acerca espejos
donde reconocerte.
Tiene colores para todas las banderas.
Ilumina de azul las noches de fiesta.
Contagia su alegría eterna.
No le avergüenza su historia,
guarda en su vientre los restos.
No va a quitarte las penas
pero te ayuda a entenderlas.
Merenguea esas tardes de abril
que dejan con la boca abierta.

Trae un mensaje encriptado
con cada ola que llega;
si no lo entiendes, se lo lleva.

Es el amante Cyrano
que le habla a tu amor de amor,
mientras tú guardas silencio
escondido tras las rocas.

Algunas veces se humilla
alfombrando amaneceres.
Otras veces llora a todo trapo
navegando a moco tendido.
O enloquece la tarde
y se sube por la paredes
de la vieja Carretera Nueva.


Le enfurece el hombre
y su maltrato;
lo arrastra con dolor
y siglos de amargura.

No hay remedio.
Dile tú a la mar
que guarde compostura…


Carlos Bernal
Marzo 2022.


lunes, 21 de marzo de 2022

NOSTALGIAS DE PRIMAVERA




Ceuta en marzo es un silbido

que se afina en los cristales,

y entre rendijas se cuela

para dormir a los niños

con nanas de levante.

Silba marzo sus canciones

porque cantarlas no sabe;

el levante pone la orquesta

y resuena por O’Donnell.
 
Salta marzo entre los montes

que se visten de amarillo;

huele a limo entre las rocas

y a gaviotas que se han ido.

Quiso marzo –con mi madre-

que me pariera un levante,

alumbrándome en un cuarto

de la calle Terraplén,

y el vaivén de aquellos vientos

son las canciones que traigo.

Marzo empuja en los cristales,

y aquel niño que yo fui

está jugando en mi calle;
lo encontré cuando volví.


Carlos Bernal
marzo de 2022