Para el que nace es impensable su nacimiento. Imprevisible para él mismo. Desde su perspectiva, es un accidente; algo ocasional, fortuito. Podía haber ocurrido en cualquier parte, o no suceder nunca.
Pero puesto que sucedió -y todos los que estamos aquí podemos contarlo- es conveniente hacer algunas reflexiones al respecto. Porque a partir de ese momento empiezan todos los males y bienes de la Humanidad. Ya sabemos que si Hitler, Einstein, Tesla, Pitágoras, Stalin, Platón, Curie… y tantos otros no hubieran nacido, el mundo no sería el que es. Por eso no entraré en ese terreno tan cultivado, en ese bosque tan espeso.
Vamos a pensar en cosas más cercanas a cada uno de nosotros. Como el sentimiento de pertenencia a un lugar. Eso trae como consecuencia un montón de pequeñas cosas que, sumadas, llevan muy lejos, tal vez demasiado lejos en la mayoría de los casos. Como los nacionalismos.
Yo podía haber nacido en una tribu de la Amazonia, o entre los hielos siberianos. En una acomodada familia de Manhattan o en un campamento de refugiados sirios en el Líbano. Y cada uno de esos lugares y situaciones hubieran condicionado totalmente mi vida.
Pero sin irnos a los extremos, uno nació en una ciudad, en un tiempo y en una familia de lo más común y corriente que se pudo encontrar en el muestrario del catálogo. Ellos, -tiempo, lugar y familia-, hicieron todo lo posible para que yo sobreviviera. A partir de ese momento, lo que te va llegando -alimentación, educación, ambiente…- contribuye sobremanera a hacer de ti alguien único, distinto de todos los demás.
Sin embargo, hay unas características que vas absorbiendo y que son propias de una tribu y distintas a las de las demás. Estos condicionantes no son genéticos, no van en nuestros cromosomas, sino que son cosas solamente aprendidas, enseñadas por la tribu que te da cobijo.
Y así, vas asimilando tradiciones, religión, ideología, patria, banderas, héroes, reyes, enemigos irreconciliables, herencias culturales varias, y un montón de principios inamovibles que poco o nada tienen al final que ver contigo, y de cuya aceptación probablemente dependa tu permanencia en la tribu.
Un día, voluntaria o involuntariamente pones tierra de por medio entre la tribu de pertenencia y tú. El mar que os separa también es un mar de dudas. Luego, las nubes se disipan, el cielo se despeja y tu mente se aclara. Maduras. Creces individualmente.
Como conclusión, le dices a la tribu: Nací donde vosotros, crecí como vosotros, amé lo que vosotros, recé con vosotros. Hice todo lo que hicisteis vosotros. Luego olvidé todo lo que aprendí de vosotros. Y entendí que aunque hay muchas cosas que me gustan de vosotros, no tengo nada que ver con vosotros.
Carlos Bernal
Pero puesto que sucedió -y todos los que estamos aquí podemos contarlo- es conveniente hacer algunas reflexiones al respecto. Porque a partir de ese momento empiezan todos los males y bienes de la Humanidad. Ya sabemos que si Hitler, Einstein, Tesla, Pitágoras, Stalin, Platón, Curie… y tantos otros no hubieran nacido, el mundo no sería el que es. Por eso no entraré en ese terreno tan cultivado, en ese bosque tan espeso.
Vamos a pensar en cosas más cercanas a cada uno de nosotros. Como el sentimiento de pertenencia a un lugar. Eso trae como consecuencia un montón de pequeñas cosas que, sumadas, llevan muy lejos, tal vez demasiado lejos en la mayoría de los casos. Como los nacionalismos.
Yo podía haber nacido en una tribu de la Amazonia, o entre los hielos siberianos. En una acomodada familia de Manhattan o en un campamento de refugiados sirios en el Líbano. Y cada uno de esos lugares y situaciones hubieran condicionado totalmente mi vida.
Pero sin irnos a los extremos, uno nació en una ciudad, en un tiempo y en una familia de lo más común y corriente que se pudo encontrar en el muestrario del catálogo. Ellos, -tiempo, lugar y familia-, hicieron todo lo posible para que yo sobreviviera. A partir de ese momento, lo que te va llegando -alimentación, educación, ambiente…- contribuye sobremanera a hacer de ti alguien único, distinto de todos los demás.
Sin embargo, hay unas características que vas absorbiendo y que son propias de una tribu y distintas a las de las demás. Estos condicionantes no son genéticos, no van en nuestros cromosomas, sino que son cosas solamente aprendidas, enseñadas por la tribu que te da cobijo.
Y así, vas asimilando tradiciones, religión, ideología, patria, banderas, héroes, reyes, enemigos irreconciliables, herencias culturales varias, y un montón de principios inamovibles que poco o nada tienen al final que ver contigo, y de cuya aceptación probablemente dependa tu permanencia en la tribu.
Un día, voluntaria o involuntariamente pones tierra de por medio entre la tribu de pertenencia y tú. El mar que os separa también es un mar de dudas. Luego, las nubes se disipan, el cielo se despeja y tu mente se aclara. Maduras. Creces individualmente.
Como conclusión, le dices a la tribu: Nací donde vosotros, crecí como vosotros, amé lo que vosotros, recé con vosotros. Hice todo lo que hicisteis vosotros. Luego olvidé todo lo que aprendí de vosotros. Y entendí que aunque hay muchas cosas que me gustan de vosotros, no tengo nada que ver con vosotros.
Carlos Bernal
8 Sep 2020

Me gusta mucho Carlos. Me recuerda a la famosa frase de Cooley (psicología de grupos)sobre los grupos de referencia. Uno puede haber nacido en un grupo, pero sus "verdades" están en otro. Hacía una metáfora de esta idea que se concretaba así: "El que no sigue a la procesión es que está escuchando otro tambor".
ResponderEliminarEfectivamente, Joaquín. La metáfora es perfecta y resume muy bien el sentimiento que he tenido siempre en relación al grupo de pertenencia y a todo lo que significaba. Muchas gracias por tu comentario, amigo. Un abrazo
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