Me gustan los versos ágiles
que saben subir peldaños
por esa escalera interior
que algunos llaman poesía.
Y me suelen gustar los poetas
que quieren versar en corto;
los que van recortando versos
donde otros suman estrofas.
Hay versos bloqueando la puerta,
me impiden hasta que respire.
No sé por qué vienen de pronto,
pero les doy “entrada libre
hasta completar el aforo”
Por eso suelo esmerarme
en una tarea absurda
que lleva días y días
de inexplicable desdén.
Se trata de ir reduciendo
entre los dedos que amasan
y acortan la masa poética.
A veces no quiero pensarla;
prensarla es más lo que importa.
Y así la dejo. Luego vuelvo
y la reciclo y recupero,
y en otros lugares la inserto.
O la maldigo y la destruyo
por falta de textura compacta,
por poca “compresión lectora”.
Ya no cuento los versos,
ni ando silabeando.
Antes parecía un ábaco,
o un agobiado contable.
Y me aburría cual gato
que mira absorto la tarde
sin saber lo que está mirando.
Ahora me fijo en el ritmo;
ese algo interior que lleva
a marcar sin marcar la marca;
a sentir, sin medir sintiendo;
a respirar, haciendo las pausas;
a doblar a tiempo una esquina
sin saber por qué estás girando.
Ahora suelo pensar, cuando escribo,
en aquello que voy escribiendo;
y es justo en ese momento
cuando dejo dormir lo escrito.
Y aunque escriba aquello que siento,
no siempre tiene sentido;
hay veces que no lo entiendo.
Mañana pensaré si sigo,
o mejor lo rompo y reciclo…
Domingo, 19 de abril.
CARLOS BERNAL.

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