El mar de mi barrio tiene
un azul despreocupado;
tan despreocupado es a veces,
que, entre sombras, la tarde
lo va tiñendo de verde,
y el mar se deja teñir.
Y no le importa el triste gris
entre broncas de un levante
que palmea las paredes
de la vieja Carretera Nueva.
También se viste de blanco
-si la ocasión lo merece-,
y se parece a una novia
que va de boda entre las rocas.
El anochecer prefiere
recibirlo en tonos sobrios;
y aunque el cielo le convida
a colorete, ponche, fresa…
su carácter más austero
le hace ir del palisandro
directamente hasta el negro.
Y así, con trajes de gala,
cielo y mar se van de fiesta,
y con su orquesta se mecen
en las olas de la playa
hasta que el día amanece.
Carlos Bernal
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